lunes, 12 de abril de 2010
Y sigues ahí...
A veces me pierdo en la felicidad que me proporciona la soledad plena... Hasta que maldigo el momento en que llegaste a mi vida. Poco a poco, sin apenas darme cuenta te hiciste dueña de mis pasos, de mis palabras, de mis sentimientos, de mis pensamientos. Y dejé de hablar por mi misma, dejé de soñar con la felicidad que algún día tuve, dejé de amar, de disfrutar. Durante todo este tiempo he vivido por ti, para ti, por tu felicidad, mi desgracia. Y llega un momento en la vida en que te apetece decir: basta, quiero empezar de nuevo, empezar a vivir de verdad. Es entonces cuando me doy cuenta que, aunque infeliz, eres lo único que me queda, lo único que siempre estará junto a mi, equivocando mis ideas. Tú me evades del mundo, de todo lo bueno que éste me da. Eres egoísta y, cuando estoy contigo, yo también lo soy. Eres lo peor que ha pasado por mi vida, pero gracias a ti he madurado. Cuando estoy tiempo sin verte, te llamo, te pido que vuelvas, y cuando te veo aparecer por la puerta te odio, me odio a mi misma por haberlo hecho, por haberte llamado. Me haces una persona feliz cuando pienso en nosotras, olvidando el mal que hemos hecho y es entonces cuando vuelvo a caer, a ceder ante la debilidad de tus palabras. Contigo llegué a lo más alto, al mejor momento de mi trayectoria, pasando por encima de todo y de todos, y cuando pensé llegar al climax de mi virtud, simplemente, me dejé caer. Así poco a poco la vida va llegando. Cada vez van siendo menos los arrepentimientos y mayores las ganas de dejarte ir. Aunque te heche de menos, hoy solo te pido que me dejes, que te vayas a joderle la vida a otra.
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